La Enseñanza Original de Jesús Cristo

Jesus Christ

La Enseñanza Original de Jesús Cristo:


Dios el Padre

Su Evolución y Nosotros

Proceso de la Creación y Multidimensionalidad del Espacio

El Espíritu Santo

Cielo versus cielo

Infierno y Paraíso

Arrepentimiento

Jesús el Cristo

Jesús acerca de Él Mismo

Expansión del Cristianismo

Libre Albedrío

Destino

Auto-Perfección Intelectual

Sobre el Alcoholismo

¿Trabajo o Parasitismo?

Personas

Patriotismo

Lo Que Es el Hombre

Liberándose de las Enfermedades

Moral y Ética

Amor a Dios

No Roben, No Mientan, Ayuden a los Demás

Amor

Amor y Sexo

Matrimonio y Divorcio

Nudismo

Hombre y Mujer en el Camino Espiritual

«Minorías»

Compasión

Lucha contra el Ego Inferior

Monasticismo

Trabajo Meditativo


Libro impreso


El capitulo del libro “La Enseñanza Original de Jesús Cristo”
por Dr.Vladimir Antonov

Jesús el Cristo

Muchas personas (por lo menos en Rusia) que se consideran cristianos creen que Cristo es algo como el apellido de Jesús. Así, estas dos palabras (Jesús y Cristo) llegan a estar estrechamente relacionadas en sus mentes.

Pero el hecho es que Cristo no es un apellido, sino más bien un título o un cargo. Christos es una palabra griega; en hebreo es Mashiaj, o Mesías en la ortografía moderna. Con estas palabras llaman al que viene a la Tierra de Dios el Padre —como una Parte de Él— para proporcionar ayuda Divina del nivel más alto a las personas encarnadas.

Para entender este fenómeno correctamente, uno tiene que comprender bien lo que se dijo en los capítulos anteriores: que Dios el Padre es Una Conciencia Íntegra, y al mismo tiempo Él es un conjunto de las Conciencias, en el pasado humanas, que se incorporaron en Él. Estas Conciencias estaban individualizadas en el pasado, pero, al lograr la auto-realización espiritual plena y al unirse con el Padre, moran en Su Morada en el estado de unión mutua y forman una Integridad. Esta idea se expresa en el Evangelio de Juan (1:4): «En Él (en el Padre) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». También se escribe en el Evangelio de Felipe (87): «Los Hijos de la Cámara Nupcial (la Morada del Creador, donde uno se une con Él en el Amor) tienen un Nombre (es decir, todos Ellos son Dios el Padre ahora)». Pero Ellos —seres humanos anteriores que se han vuelto consustanciales con el Padre— son capaces de individualizarse Ellos Mismos de nuevo durante algún tiempo en la forma del Espíritu Santo para cumplir una cierta tarea del Padre, de ser necesario.

Por consiguiente, es correcto pensar que Cristo es una Parte de Dios el Padre y que Él no siempre fue así: Él también tuvo un pasado humano. ¿Cuándo fue eso? ¿En éste o uno de los Manvantaras anteriores? No importa. Sólo es importante que, logrando la Perfección completa y uniéndose con Dios el Padre, Él viniera a la gente desde la Morada del Padre como una parte de Él con una Misión de ayudarles.

Han existido varios Cristos durante la historia de la humanidad. Ellos vinieron a la Tierra en momentos diferentes y a diferentes naciones, creando, cada vez, un hogar de cultura espiritual, entregando el conocimiento sobre Dios, el significado de las vidas de las personas en la Tierra y el Camino a la última Meta. Jesús el Cristo era uno de Ellos.

La descripción de la niñez de Jesús muestra que ya a la edad de 12, Él asombró a los maestros de Jerusalén en una conversación espiritual (Lucas, 2:42-52).

El período subsiguiente de la vida de Jesús se describe en dos fuentes: La Vida de San Issa*, el Mejor de los hijos de los hombres y en el Evangelio Tibetano. Esto es lo que está escrito en el primero:

«Cuando Issa había llegado a la edad de trece años, época en que un israelita debe tomar a una esposa. La casa donde Sus padres se ganaban la vida empezó a ser un lugar de reunión para las personas ricas y nobles, deseosas de tener como yerno al joven Issa, ya famoso por Sus edificantes discursos en el nombre del Omnipotente. Pero Issa abandonó Su casa paternal en secreto, salió hacia Jerusalén y con los comerciantes se dirigió hacia Sind (…)» (4:10-12).

En cada tierra que Jesús visitó durante estos años, Él sanó a los enfermos, resucitó a los muertos, se opuso al paganismo y predicó sobre Dios el Padre Universal y el Camino a Él. Su audiencia favorita era las personas de baja clase social, como más tarde fue en Judea.

En las homilías en India, en particular, Él enseñaba:

«No rindan culto a los ídolos, porque ellos no los oyen. No sigan los (cuatro) Vedas, porque su verdad ha sido tergiversada. Nunca se pongan en el primer lugar y nunca humillen a su vecino.

Ayuden al pobre, apoyen al débil, no hagan mal a nadie y no codicien aquello que ustedes no tienen y que le pertenece a otro» (5:26-27).

En Persia, al contestar preguntas del sacerdote más alto de la fe de Zoroastro, dijo lo siguiente:

«(…) Así como un bebé descubre en la oscuridad el pecho de su madre, incluso las personas que han sido conducidos al error por su doctrina equivocada y sus ceremonias religiosas, han reconocido (…) a su padre en el Padre de Quien Yo soy el anunciador.

El Ser Eterno ha dicho a Su gente por medio de Mi boca: “No rindan culto al Sol (como a Dios), pues éste es solamente una parte del mundo que Yo he creado para el hombre.

El Sol sube para calentarlos durante su trabajo; y se pone para permitirles el reposo que Yo he fijado.

Es a Mí, y a Mí sólo Me pertenece todo lo que ustedes poseen, todo lo que se encuentra alrededor de ustedes, sobre ustedes o debajo de ustedes”.

Y los sacerdotes dijeron: “¿Pero cómo podría un pueblo vivir según las reglas de justicia si no tuviera a ningún preceptor?”.

Entonces Jesús les contestó: “Mientras las personas no tenían ningún sacerdote, la ley natural las gobernaba, y ellas conservaron el candor de las almas.

Las almas estaban en Dios, y para conversar con el Padre, ellos no tenían que recurrir a ningún ídolo o animal, ni al fuego, como se practica aquí”.

(…) El Sol no actúa espontáneamente, sino según la voluntad del Creador invisible Quien le dio la existencia.

(…) El Espíritu Eterno es el Alma de todo lo que es animado. Ustedes cometen un gran pecado dividiéndolo en un “Espíritu del Mal” y un “Espíritu del Bien”, pues sólo existe el Dios del Bien, Quien, como el padre de una familia, no hace sino el bien a sus hijos, perdonándoles todas sus faltas si ellos se arrepienten.

“El Espíritu del Mal” mora en la Tierra en los corazones de esos hombres que desvían a los hijos de Dios del Camino correcto.

Y Yo les digo: tengan cuidado con el día del juicio, pues Dios infligirá un castigo terrible a todos aquellos que hayan desviado a Sus hijos del Camino correcto y los hayan llenado de supersticiones y prejuicios (…)» (8:8-20).

Hay también un registro de algunas palabras de Jesús para los tibetanos:

«Yo vine a demostrar el potencial humano. Lo que Yo hago (quiero que) todos lo hagan. Lo que Yo soy (quiero que) todos lo sean. Estos dones son para cada nación, (éstos son) el agua y el pan de vida» (Evangelio tibetano).

Jesús «regresó a la tierra de Israel» sólo a la edad de 29 (La Vida de San Issa, 9:1). Lo que Él hizo y dijo allí es lo que llegó a ser bien conocido por las generaciones futuras.

Al volver a la tierra nativa Jesús con varios discípulos-ayudantes comenzó a viajar y visitar muchas ciudades y pueblos. Hizo maravillas, como sanar a numerosos enfermos y resucitar personas de la muerte, predicó en sinagogas, en casas y al aire libre acerca de lo que el Padre Celestial quiere que sea la gente.

Miles de personas escucharon a Jesús, fueron testigos de los milagros y sanadas de sus enfermedades. Algunos de ellos dejaron sus ocupaciones mundanas y se Le unieron a fin de viajar con Él y aprender de Él.

Él enseñaba, explicando el Camino a la Perfección, demostrando métodos de curación espiritual y las técnicas meditativas.

Sin ninguna duda, Él quiso que ellos sean personas a quienes Él podría dar todo el conocimiento más alto sobre el Padre. Él quería que entraran en la Morada del Padre. «¡Padre, Yo quiero que aquellos que Tú Me has dado a Mí estén Conmigo donde Yo estoy (…)!» (Juan 17:24).

Pero cuando Él decía algo que excedía su habilidad de comprender, ellos Le sorprendieron con su falta de comprensión, muchos Lo abandonaron, dudando de lo adecuado de Sus palabras e incluso de Su sanidad mental (Juan 10:19-20; 13:36-38; 14:5-7; 16:17-18; Lucas 9:54-56, etc.).

Inclusive Su madre y Sus hermanos fueron una vez al lugar donde Él estaba predicando, para llevarlo a casa, porque decidieron que estaba demente si decía cosas así (Marcos 3:21,31-35).

Al final —después de tres años de enseñanza, dando discursos, obrando maravillas— se quedó sólo con 12 discípulos masculinos (uno de ellos era Judas Iscariote quien después Lo traicionó) y María Magdalena.

¿Y dónde estaban las muchedumbres de miles de personas entusiasmadas que escucharon Sus sermones, que comieron la comida que materializó y que fueron sanados por Él de las varias enfermedades?

Resultó que a estas muchedumbres no les interesaba la Enseñanza sobre los esfuerzos que uno tiene que hacer para entrar en el Reino de Dios. Ellos sólo querían que Él les sanara y les prestara atención… (Lucas 9:11).

Jesús vio esto y empezó a evitar a las muchedumbres. «(…) Y grandes multitudes se congregaban para oírle y ser sanadas de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a menudo a lugares solitarios (…)» (Lucas 5:15-16).

Sí, Él sanó a algunos de ellos, pero no podía continuar para siempre así. Él quería que las personas aprendieran una verdadera fe, que hicieran esfuerzos personales para ser mejores, y entonces las enfermedades se marcharían por la voluntad del Padre. «¡Oh generación infiel y perversa! ¿Hasta cuándo tengo que estar con ustedes soportándolos?», exclamó una vez, mirando lo desesperante de esta situación (Lucas 9:41).

Y la muchedumbre, incitada en contra de Él por los sacerdotes, se enfadó. «(…) Ustedes buscan la oportunidad de matarme, (sólo) porque Mi palabra no cabe en ustedes (…)», dijo una vez, intentando hacerlos razonar (Juan 8:37).

Pero era demasiado tarde: una muchedumbre de personas resentidas, primitivas, llenas de deseos, se puso más irritada, porque ellos querían recibir más, pero Él no les daba.

Pronto, las mismas personas gritaban a Pilatos: «¡Crucifícale, crucifícale!» (Lucas 23:21).

«Y ellos, habiendo agarrado al Señor, Lo empujaban mientras corrían, y decían: “¡Arrastremos al Hijo de Dios, ahora que nosotros tenemos autoridad sobre Él!”. Y ellos Lo revistieron de un manto púrpura y Lo hicieron sentarse en el asiento del juicio, diciendo: “¡Juzga equitativamente, Rey de Israel!”. Y uno de ellos, habiendo traído una corona de espinas, la colocó sobre la cabeza del Señor; y puestos delante de Él, Le escupían en el rostro, y otros Le pegaban en las mejillas, y otros Le golpeaban con una caña, y algunos Le azotaban con un látigo, diciendo: “¡Con este honor honramos al Hijo de Dios!”» (El Evangelio de Pedro, 3.6-3.9).

¿Por qué el clero no Lo aceptó? No había ninguna diferencia formal entre ellos y Jesús acerca de la base de la fe: ellos hablaban sobre el mismo Dios el Padre, se referían a la misma Biblia judaica.

Pero en realidad había diferencias muy importantes: Jesús predicaba al Dios Viviente a Quien conocía muy bien, personalmente; mientras los sacerdotes sólo creían en Dios sin conocerlo. Con la ayuda de la religión afianzaron un buen rango social y bienestar material, y así querían proteger los fundamentos de su confesión.

¿En qué consistían estos fundamentos? Éstos consistían en varios ceremoniales religiosos detallados, reglas de vida cotidiana y medidas represivas contra sus transgresores*.

Cuando hay tal estructura confesional, construida a través de muchos siglos, con templos, muestras impresionantes en la forma de servicios de adoración, con la ideología penetrada en la sociedad entera y el miedo de la retribución de Dios inculcada en las mentes de las personas, entonces los sacerdotes de estas confesiones se ponen muy exasperados si alguien perturba este estilo de vida: si alguien dice que las cosas están equivocadas y que los sacerdotes son hipócritas, que no conocen a Dios, sino que engañan a las personas.

Así fue y será con las confesiones «masivas» que ponen énfasis en los ceremoniales y reglas de conducta, y que inevitablemente se olvidan del Dios Viviente.

En la Judea de aquel tiempo, Quien se opuso a la hipocresía religiosa fue el Mensajero de Dios el Padre: Jesús el Cristo.

Jesús sabía del Padre que el fin de Su vida terrenal se aproximaba. Él también supo qué tipo de muerte iba a sufrir.

¿Pudo evitar esto? ¡Por supuesto! Simplemente podía dejar Judea con Sus discípulos, y todos habrían quedado satisfechos, las personas se habrían calmado y olvidado de Él.

Pero no se fue. ¿Por qué?

Porque si lo hubiera hecho, nadie se habría acordado de Él después de unos años, no habría existido ninguna iglesia cristiana, ni el Nuevo Testamento.

Por eso, el plan era diferente.

Consistía, primero, en cumplir todas las profecías sobre la vida terrenal del Cristo-Salvador. Al extremo de que «ninguno de Sus huesos será roto», y «ellos mirarán al Que han traspasado». Es decir, cuando los soldados quebraron las piernas de los dos delincuentes crucificados con Jesús para que mueran antes del anochecer, Jesús ya había dejado Su cuerpo, así que los soldados apenas traspasaron Su costado con una lanza (Juan 19:31-37).

Segundo, Su muerte y los siguientes días fueron acompañados por muchos milagros: la oscuridad cayó demasiado pronto, el velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos (Lucas 23:44-45), el cuerpo de Jesús desapareció de donde fue puesto, Jesús se apareció varias veces a Sus discípulos, materializando Su cuerpo, conversó con ellos y los consoló moralmente.

Pero la gente estaba asombrada principalmente por la evidente «Resurrección de Jesús de entre los muertos». Aunque estas personas eran religiosas, no entendieron que, después de abandonar el cuerpo, cada hombre resucita en el otro mundo, encontrándose a sí mismo en una forma no corpórea (Mateo 22:30). Jesús demostró esto e hizo aún más: con Su Poder Divino, Él desmaterializó Su cuerpo bajado de la cruz, y luego hizo las materializaciones temporales de éste.

Sus discípulos, y también Pablo, y después muchos otros consagraron sus vidas a predicar sobre el Hijo de Dios que vino a la Tierra, que fue crucificado y después resucitó, Quien enseñó sobre el Padre Celestial, el Dios Viviente, y de cómo entrar en Su Morada.

 

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Véase también:


El Evangelio
de Felipe

¡Bienaventurados los
de limpio corazón!

Práctica del Hesicasmo Moderno

Revelaciones

La Revelación Verdadera del Apóstol Juan,
el Evangelista


Jesús Cristo
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