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El capitulo del libro “La Enseñanza Original de Jesús Cristo” por Dr.Vladimir Antonov
Infierno y Paraíso
Aparte de los eones del Cielo, mencionados anteriormente, y el plano material, hay otras dimensiones espaciales que existen en el extremo opuesto (en relación al Creador) de la escala de lo sutil a lo grosero. Éstas son los estratos del infierno.
Uno puede percibirlos en ciertos sitios de poder negativos.
El rasgo específico de los sitios de poder [4] es la presencia de algún tipo de energía de los mundos no materiales que domina allí y afecta el estado de los seres encarnados, incluso el de las personas.
Los sitios de poder pueden ser clasificados, según su efecto, como positivos y negativos. Hay sitios de poder positivos que son sumamente favorables para el trabajo espiritual o para la sanación. Los sitios de poder negativos le permiten a uno llegar a saber a que se asemeja la vida en varios estratos del infierno.
Los tamaños de los sitios de poder varían de un metro a kilómetros.
Ahora para nosotros es importante entender lo que determina el estado y la dimensión espacial —paradisíaca o infernal— adonde las personas llegan al ocurrir la muerte de sus cuerpos físicos. La respuesta es bastante simple: en el otro mundo el hombre permanece en el mismo estado de conciencia al que él se acostumbró mientras vivía en el cuerpo físico. Y él continuará existiendo en este estado hasta su próxima encarnación, normalmente por centenares de años. ¡Por esto, es sumamente importante dominar el control de las emociones de uno mismo y no vivir como un animal, reaccionando de manera refleja a los factores exteriores agradables y desagradables y a los impulsos de las profundidades del cuerpo de uno!
Los varios estados emocionales pueden ser clasificados según la escala de lo grosero a lo sutil.
Entre los estados más groseros están: el odio, la furia, la molestia, el horror, el miedo, la desesperación, la ansiedad, los celos, la depresión, el resentimiento, los sentimientos de ser reprimido por alguien, el pesar de la separación, etc.
Al rango medio uno puede asignar estados como: la prisa, la impaciencia, la excitación por el trabajo o el deporte, la pasión sexual (deseo apasionado), etc.
Los estados altos de conciencia son: la ternura (incluyendo la sexualmente coloreada), los estados que surgen cuando uno se sintoniza con los fenómenos armoniosos de la naturaleza (la madrugada, la primavera, la comodidad, la calma, las canciones de los mejores pájaros cantores, los animales jugando, etc.) o con obras correspondientes de varios tipos de arte.
Hay aún más altos estados de conciencia. Éstos no están presentes entre las emociones “terrenales”, y no hay ninguna cosa “terrenal” que podría causarlos. Sólo pueden ser conocidos en las meditaciones más altas de Unión con el Espíritu Santo y Dios el Padre en Su Morada.
De los tres grupos de estados listados anteriormente, el primero se llama tamas, el segundo (intermedio), rajas y el tercero, sattva. Tamas, rajas y sattva, como cualidades “terrenales”, se denominan gunas. Las categorías más altas son “superiores a las gunas”.
Haciendo esfuerzos espirituales, el hombre tiene una posibilidad de ascender de una guna a otra y a los niveles más altos. Pero también puede descender.
Con todo eso, hay que caer en cuenta que lo que estamos discutiendo aquí no es sólo una habilidad de sentir ciertas emociones, sino los estados habituales de la conciencia. Y el estado que es habitual en el momento cuando uno se separa del cuerpo es lo que determina el destino por centenares de años.
Pensemos “¿quiero quedarme por tan largo tiempo en los estados de la primera categoría, entre otros seres semejantes?” Esto es lo que es el infierno.
Si nosotros culpamos a “ellos” —a otras personas o a ciertas circunstancias— por nuestras emociones, estamos equivocados. Nosotros mismos nos sintonizamos con malas personas o circunstancias, mientras deberíamos sintonizarnos con Dios, con lo Divino, y eso puede salvarnos del infierno. El apóstol Pablo dijo sobre esto: “…Aléjense de lo malo, péguense a lo bueno” (Romanos 12:9).
Para el mismo propósito, uno debe guardar los siguientes principios:
“Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os insultan y os persiguen…” (Mateo 5:44).
“Reconcíliate con tu adversario pronto…” (Mateo 5:25).
“Bienaventurados los pacificadores…” (Mateo 5:9).
“…No te resistas a una persona mala. Si alguien te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y si alguien quiere meterte pleito y tomar tu túnica, déjale tener tu capa también. Y si alguien te obliga a ir una milla, ve con él dos” (Mateo 5:38-41).
“No juzgues…” (Mateo 7:1).
“…No condenes…” (Lucas 6:37).
“…No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mateo 10:28).
“…Da a todo el que te pida. Y al que tome lo que es tuyo, no le pidas que te lo devuelva” (Lucas 6:30).
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que muestre por su buena conducta y sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y ambición personal…, no seáis arrogantes y así mintáis contra la verdad. Esta ‘sabiduría’ no es la que viene de lo alto, sino es ‘terrenal’, …diabólica…” (Santiago 3:13-15).
“El que dice que está en la luz, pero odia a su hermano, está todavía en la oscuridad” (1 Juan 2:9).
“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis…
Nunca paguéis a nadie mal por mal. Pero procurad lo bueno delante de todos los hombres.
Nunca os venguéis vosotros mismos…
Si tu enemigo tiene hambre, aliméntalo; si está sediento, dale algo de beber.
No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:14-21).
“Y tú ¿por qué juzgas a tu hermano? …Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros. Más bien, decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano” (Romanos 14:10-13).
“…Si alguien ha caído en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1).
“Que ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena…, que imparte gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).
“…Apartad… ira, rabia, maldad, maledicencia, obscenidad de vuestra boca…” (Colosenses 3:8)
“…No devolváis mal por mal ni insulto por insulto” (1 Pedro 3:9).
“…El que odia a su hermano está en la oscuridad y anda en la oscuridad; y no sabe adónde va, porque la oscuridad lo ha cegado” (1 Juan 2:11).
“Tales acciones no ayudarán a su salvación, sino que le llevarán al estado de degradación moral, donde el robo, la mentira y el asesinato pasan por hechos generosos.
Pero hay un milagro que es posible ser logrado por el hombre. Es cuando, lleno de una creencia sincera, él decide desarraigar… todos los pensamientos malos, y para lograr el propósito, abandona los caminos de iniquidad” (La Vida de San Issa, 9:17; 11:8).
Quizás, algunos puedan objetar diciendo: “¡Pero apartarse del mal y preocuparse de la propia salvación es egoísmo! Y ellos, la gente malvada ¿qué sigan haciendo todo tipo de cosas malas?”
Usted está equivocado: nosotros estamos hablando sobre los estados de conciencia, primero que nada. Incluso luchando contra los delincuentes, contra la conducta humana más abominable, si éste es nuestro deber, puede hacerse sin odio, furia, aversión, en el estado de tranquilidad emocional y armonía con la Divinidad. Mientras que a través de emociones infernales, sólo podemos hacernos daño, tanto a nosotros mismos como a los amigos.
También es importante entender que las emociones fuertes no sólo se alborotan dentro de un cuerpo: ellas crean alrededor campos de energía que afectan a otras personas y pueden incluso enfermarlas.
Si nos apegamos a los principios de Cristo, no nos acostumbraremos, ni a nosotros ni a otras personas, al infierno, participando en batallas “terrenales” con nuestras emociones.
Permítanme repetirlo una vez más: no estoy aconsejando que debemos apartarnos de la vida social, de las necesidades de otras personas, y no sólo de las personas. “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos” (Juan 15:13), dijo Jesús. Pero no hay que hacer esto en odio, furia o desprecio, sino en calma, amor, en dirección de su atención al Propósito más Alto, al Padre Celestial. Exactamente así Jesús iba a Su muerte.
Mientras estamos en cuerpos físicos, podemos cambiar según nuestra voluntad los hábitos de vivir en estados emocionales, en particular, con la ayuda de métodos de autorregulación psíquica y las varias técnicas meditativas. También podemos recibir ayuda de otras personas para esforzarse a ser mejor. Pero una vez cuando el cuerpo se ha muerto es imposible cambiar el estado de uno mismo. Y entonces ya nadie podrá ayudar. Jesús Cristo no sacó a los pecadores del infierno; ni siquiera las oraciones de los santos o de nadie más pueden hacerlo. Sólo uno mismo puede cambiar su destino por sí mismo durante su vida en un cuerpo físico.
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Nuestros destinos en las encarnaciones actuales o futuras son afectados por nuestros vicios. Por ejemplo, si nosotros ignoramos el dolor de otros seres vivientes (no sólo de las personas) y los hacemos sufrir, entonces Dios va a desacostumbrarnos de este hábito. ¿Cómo? Poniéndonos en situaciones donde nosotros padeceremos dolor para que podamos —experimentando el dolor— aprender a ser compasivos al dolor de los demás. De esta manera nosotros programamos nuestros destinos (el infierno en la Tierra), con los cuales será mucho más difícil refinar emociones.
¿Qué debemos hacer ahora para librarnos de los vicios que nos destruyen? ¡Arrepentirnos!
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